La Coctelera

Según la segunda acepción de la palabra 'vulgar', del Diccionario de la Real Academia Española, entiéndase como: vulgar (Del lat. vulgāre). 1. tr. ant. Dar a conocer al público algo.

image

Categoría: Crónica

LOS ESPANTOS NO SON TANTOS

CRÓNICA/ TESTIMONIO DE UN ENCUENTRO EN EL CEMENTERIO CENTRAL

El Cementerio Central de Bogotá es uno de esos lugares a los que uno debe tratar de ir por voluntad propia y preferiblemente en una ocasión diferente a la definitiva; es decir: entrar y salir a pie. Si se le ocurre ir a apreciar la arquitectura, a pedir trabajo a Leo Kopp, a ver las tumbas de algunos de los más célebres colombianos o a ver fantasmas, preste atención, es muy probable que lo consiga.

Por Alejandro Parada T

Hoy, la verdad, si uno se quiere asustar, pues va al cine, alquila el Exorcista (la primera versión), sale a caminar por la Caracas con 22 a las 11:00 de la noche, mira los extractos de la cuenta corriente o lee los vaticinios de lo que le pasará al país con la firma del TLC. Eso, de por sí, aterra a cualquier colombiano. Lo que uno no espera encontrar hoy —en serio— al visitar un cementerio es una historia de espantos. Esto, sin embargo, puede o no ser. Juzgue usted.

Las cadenas

Esta historia de “horror” tenía varios elementos de tipo fantasmal (o algo así). Sucedió un martes en la tarde, día y horas en las que el cementerio no recibe muchas vistas pues casi todos prefieren ir el lunes. Tal vez por un mal consejo, se me ocurrió visitar el cementerio aquella tarde. Entre bóvedas y mausoleos vi a un hombre de lentes oscuros que caminaba apurado y retiraba unos pequeños papeles que estaban puestos de manera cuidadosa en las fisuras de las lápidas.

Les juro, si ustedes hubieran estado allí, les abría generado la misma sensación: vestía de café claro, zapatos blancos, maletín negro y chaleco azul… Eso hubiera asustado a Lina Cantillo, Silvia Tcherassi o Carlos Pava, no a mí, pero guiado por una fuerza extraña, tuve que tomar uno de esos papeles para leer su contenido.

La maldición fue contundente: “tiene nueve días para hacerlo, de lo contrario, una desgracia caerá sobre su hogar”. Para no hacer recaer a los lectores de este texto la misma maldición a la que me enfrenté, me limitaré a relatar que se trataba de una cadena de oración que imponía como pena la elaboración de quinientos papelitos similares, que debían dejarse en quinientas tumbas (también similares) para poder pedir tres deseos (ojalá no el mismo), so pena de la mencionada calamidad doméstica.

Como yo estoy acostumbrado a las cadenas de Internet, pues, no le paré muchas bolas… Boté el papel con un gesto sobrador. Hasta allí iba bien, pero me entró la 'dudita' y preferí alcanzar al tipo de gafas oscuras para preguntar…, por si las moscas:

— Disculpe señor…, como le parece que yo lo vi quitando esos papelitos y me dio por leer uno. Ahora no sé que hacer…

El tipo me miró con cierta lástima y me dijo:

— ¡Noooo hombre… La embarró! Ahora tiene que hacer lo que dicen los papeles, si no…

— ¿¿¿Si no qué???

Mi susto debió ser mayúsculo desde que el hombre bajó el tono y me aconsejó olvidar el asunto. Le pregunté si a él le había pasado algo malo por no cumplir con las indicaciones. Me respondió negativamente, sin embargo, por lo que pude sospechar, ya había tenido que hacer los quinientos papelitos.

Encuentros cercanos

Decidí olvidar el asunto y disfrutar del recorrido con más tranquilidad, no estaba para aceptar maldiciones un martes por la tarde. Como ya me habían contado que don Leo Koop es célebre por conseguir trabajo, caminé en la búsqueda de esa tumba para… verla, ¿en este país quién necesita trabajo?

Di vueltas un buen rato hasta que me encontré con una mujer de unos 20 años. La vi de lejos. Caminó lentamente hacia mí. Me miró. La miré. Cuando estaba cerca de mí, me di cuenta de un pequeño detalle que no había visto antes: sus ojos eran opacos.

Eso no me hubiera asustado mucho si no hubiera notado la cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda hasta abajo del mentón. Me tranquilizó su sonrisa: dientes puntiagudos y en total desorden. Discúlpenme, podrán pensar que estaba sugestionado, pero ese no es el lugar para que a uno le pasen esas cosas.

Sonreí tímidamente antes de alejarme a paso ligero. Unos metros más adelante volteé a mirar: ya no estaba. Bien. Esto no es señal de nada, me pareció muy “corrida” la 'loquita' y seguí buscando a Kopp. Varias vueltas más tarde llegué al mismo lugar —estaba dando vueltas en círculos— y la volví a ver. Estaba sentada frente al Mausoleo de los Voceadores de Prensa y Lotería de Bogotá…, y leía la revista… Semana.

Sentí una tentación irresistible de acercarme a hablarle…, pero la aguanté al ver que me miró y curvó su espalda como gato erizado. Mostró sus dientes, sacudió la cabeza y volvió a su revista sin otra preocupación. “Definitivamente está muy loca”, dije para mí.

Pasé por la tumba de Koop; por la de Aquileo Parra, ex presidente de la República; Epifanio Garay, célebre artista bogotano; Gustavo Rojas Pinilla, nuestro querido ex dictador; Alfonso López Michelsen, ex presidente de la República; Luis Carlos Galán, frustrada ilusión de este país; y la de Erasmo del Valle, ilustre desconocido a quien van a sacar de su bóveda en sesenta días si su familia no se acerca a la administración a comprobar que son los propietarios de dicho espacio, antes de volver por los predios del Mausoleo de los Voceadores… y la mujer seguía allí. Ahora estaba de pie, con la cabeza gacha y el pelo sobre su cara. Creía que no me había visto, ya que estaba a varios metros, pero de pronto me miró como si percibiera mi presencia. Me congelé cuando levantó su brazo y me apuntó con el dedo índice de su mano derecha. Era algo así como: “tú eres el elegido”.

Reitero: ese no es el lugar para que le pasen a uno esas cosas. Más aún si se considera que no había nadie más en ese espacio diferente a ella y yo. Tomé fuerzas, no sé de donde, y me acerqué. Al fin de cuentas, si era un espanto, un muerto viviente, una loca deschavetada, una estudiante de actuación o tal vez una estúpida broma del programa de televisión También Caerás, tenía que salir de la duda. Caminé decidido —al menos eso creo—, y le hable.

Más allá, más acá.

Miré de nuevo esos ojos opacos y descubrí un ligero sombrado negro alrededor de los párpados.

— Hola… —dije con voz pausada. Ella respondió de igual manera.

—Usted me parece muy rara…

— Usted también me parece raro.

— ¿Viene seguido por acá?

— Algo así…

La conversación se truncó cuando unas pisadas fuertes se escucharon a mi espalda… La mirada de la mujer, que había estado siempre sobre mí, se desvió con una mezcla de susto y sorpresa. Yo, a punto de mojar los pantalones, volteé rápidamente para advertir a un hombre que cruzó sin vernos. Al voltear de nuevo a mirarla me encontré con una sorpresa: ¡no había desaparecido!

Después de tanto misterio, lo mínimo que esperaba era que se desapareciera, me pidiera rescatar algún entierro, me contara sus penas, me intentase llevar a la fuerza hasta una tumba desconocida o me entregara un mensaje del más allá. No pasó nada de eso. Sin embargo, la mujer se acercó a unas flores marchitas que estaban sobre el mausoleo y no me miró más.

Para ser honesto, todavía estaba asustado. Le pregunté su nombre y no me respondió, o dijo algo entre colmillos que no puede descifrar. Me despedí con un “nos vemos luego” y caminé orgulloso de mi valentía de martes por la tarde, de cementerio solitario, de investigador de misterios y exorcista de espantos.

Caminé sólo unos metros antes de arrepentirme de no saber su nombre, crucé sólo unos cuantos panteones y tumbas, me volví de inmediato y la busqué, pero esta vez no la encontré. Recorrí metro a metro la zona en la que estábamos, busqué por cerca de una hora entre mausoleos y tumbas hasta que definitivamente me rendí.

La verdad no tengo la menor idea de si este encuentro podría clasificarse como de primero, segundo o tercer tipo. No tengo la menor idea de si hay espantos, tal vez sea uno mismo quien ve en lo normal sus temores y demonios. Seguramente están en la cabeza. Pero si están, si existen, también caminan por los cementerios los martes por la tarde.

30, jun | 9 comentarios Posteado por: Alejandro En: Crónica compártelo Tags: leo kopp, alejandro parada, cementerio, espantos, cronica, periodismo